martes, 25 de mayo de 2010

Cuento contado (o versión actualizada de "la Liebre y la Tortuga")


En 8º de E.G.B. era el chico que más rápido corría. Mis momentos de gloria empezaban los viernes a eso de las 12. Hacíamos gimnasia en un campo de fútbol por que el colegio, aunque era privado y caro, no tenía gimnasio, ni pabellón, ni siquiera patio (el recreo lo hacíamos en la terraza del cole). Don J. y creo que después Don J. (otro J), nos sacaban (en fila de a dos y dándonos la mano) al campo del Sta. E. Club de Fútbol. Hacíamos estiramientos y ejercicios de esos de estirar los brazos como un molinete y de esos en los que te doblas y te tienes que tocar la punta de los pies. Más o menos, duraba media hora. Luego tocaba correr.

En clase y creo que fue en 6º, entró un chico nuevo, L. Era una joven promesa del atletismo y desde entonces fue siempre el ojito derecho de los profes de gimnasia. Los demás corríamos a bulto, esperando pasar desapercibidos para escondernos detrás de los árboles que rodeaban el campo. A ninguno nos gustaba correr, era muy aburrido. Hasta que llegó L. y todos quisimos ser como L. No era muy listo, pero era guapo y corría mucho, así que como la gran mayoría no éramos muy listos y las chicas no nos miraban mucho, pensamos que lo suyo sería correr tanto y tan bien como L. Tenía fondo, podía correr 3 campos sin cansarse, pero no era rápido. Yo descubrí que podía correr más rápido, mucho. Las piernas se me ponían como locas y sólo tocaba el suelo con la punta de los pies. No sé si era bonito verme correr, no sé si tenía estilo o si se veían las rayas del viento detrás de mi. Sólo sé que corría con toda mi alma. No llegaba a completar el campo y cuando tenía que parar, el corazón se me salía del pecho y me dolía respirar. Al ratito pasaba L. con su trote y seguía corriendo y yo me quedaba morado tumbado en el suelo. A los profes le gustaba, me decían que yo hacía de "liebre" y que estaba bien que le marcara un ritmo a la estrella del atletismo. L. se hizo mi amigo, no sé si por que los dos éramos igual de tontos o por que yo le hacía de "liebre". No sé.

A mí lo que me importaba era que los viernes, a eso de las 12:30, corría como el viento, que por unos cientos de metros no había nadie delante de mi y que por unos instantes sentía que era capaz de cualquier cosa.

martes, 18 de mayo de 2010

Sabotages


Quizá la figura del saboteador pueda ser una de las más mezquinas y bajas que uno se pueda encontrar en la viña del señor. El que tira la piedra y esconde la mano, mientras señala y denuncia a otro con cara de "¿porquéletiraspiedrasaestabuenapersona?".

Habitualmente el saboteador merodea en grupos sociales controlados y cerrados. Su motivación es la destrucción para conseguir un objetivo que envidia o para esconder algo propio perjudicial, aunque también los hay que ingenuamente piensan que a río revuelto, ganancia de pescadores... o sea, que pueden sacar tajada.

Los ambientes laborales son propicios para este infame personaje. Los hay que se muestran abiertamente y son los menos dañinos, a éstos, se les llama normalmente "pelotas". Los peligrosos son los que llevan un doble juego. A éstos, sólo se les pilla mediante un cebo más o menos elaborado y suele conllevar una ardua tarea de contrainformación. Lo importante es no caer en la paranoia y pensar que todo el mundo quiere joderle a uno, por que de ese modo uno queda alienado y el aire se vicia.

Otro espécimen a tener en cuenta es el saboteador sentimental. A éste se le conoce con el nombre de "buitre" y suele actuar cuando una relación pasa un mal momento para obtener un polvo morboso. Suele pensar de esta manera que ha triunfado donde el otro fracasa y así alimenta su ego. Realmente no quiere todo lo que implica una relación, no quiere lo menos bueno o lo malo, él sólo está para quedarse con lo bueno y desaparecer antes de que venga lo no tan bueno. Por lo tanto, podríamos postular que su beneficio es temporal y no le importan un pimiento las consecuencias de lo que deje tras de sí. La gran diferencia con respecto al primer espécimen es que, a pesar de que a éste también se le pueda descubrir, uno no puede hacer nada por evitar su acción. Transcurre en una realidad paralela donde uno sólo puede esperar (aquí la lucha es sólo esperanza) o abandonar.

Últimamente, desde que la crisis está haciéndose sentir tanto, los medios de información no dejan escapar la oportunidad de repetir ese manido proverbio oriental de que la crisis no es algo malo, si no algo bueno para quien la sabe aprovechar. Si uno se pone a pensar, lo único que saca en conclusión es que le están invitando a hacer leña del árbol caído, a robar o a sabotear a sus iguales, por que claro está, uno no va a sacar provecho de los bancos o de los señores que toman las decisiones.

Me entristecen las crisis, son algo terrible, pero lo que más me entristece es que justo cuando estamos jodidos hayan saboteadores que las acompañen y destruyan y rompan... por suerte, el karma está ahí y como alguien dijo una vez "usted morirá en su nave espacial" y además solo y además preguntándose por qué le van mal las cosas, cuando su propio karma le atrapa...
Arrieritos somos.

lunes, 17 de mayo de 2010

De cómo detener el tiempo.


Hubo un tiempo en el que me convertí en alargador-de-tiempo (valga la redundancia). Para ello sólo necesitaba un reloj con manecillas, una error de cálculo en la velocidad de giro de mencionadas manecillas y algo que quisiera dilatar. Cuando se unen estas tres cosas uno consigue que la percepción del tiempo personal sea tan distinta como distorsionada del resto del mundo que le rodea. El precio (y es que siempre tiene que haber un precio) es o bien la excusa fantástica, el arrepentimiento fugaz o bien, a la larga, la aceptación del resto del mundo de que uno es un impresentable y "siempre llega tarde". La mayoría de veces he buscado siempre esto último, como medidor de aceptación y cariño del esperador, o esperante o paciente (que espera con paciencia). Hay quien ve esta acción como una falta de respeto al que espera... hay mucha gente quisquillosa por el mundo.
Cuando al llegar un verano decidí quitarme el reloj, por la playa o por el sol o simplemente para dejar que tiempo fluyera sin necesidad de controlarlo, me quedé sin máquina-para-doblar-tiempo. Desde ese momento los días pasaron raudos y veloces y casi uno no se había acabado de poner el bañador cuando se encontraba comiendo doce uvas con sus campanadas correspondientes.
En ocasiones echo de menos parar el tiempo. Es curioso que cuando uno es más joven puede desear con igual intensidad pararlo que acelerarlo. Ahora no tengo tanto interés por lo segundo y eso (querido amigo) es un síntoma de que uno deja de ser joven. Hay quien dice que soy lento por naturaleza pero creo que es por que siempre sentí un poco de pena por los animales pequeños, como el gorrión o el ratón. Parecen estar siempre al borde del colapso cardíaco. Siempre me dio la sensación de que vivían poco por que su corazón latía demasiado deprisa, gastaban su vida demasiado deprisa. Supongo que pienso que me queda mucho por hacer, así que me lo tomo con calma... En fin, que me disperso. Querido amigo, si te ves en la situación de querer parar el tiempo ya sabes, reloj, capacidad innata de errar en cálculos temporales y cosas alternativas que te entretengan. Si por alguna razón careces de una o varias de estas tres herramientas, también puedes probar a pasar setenta y dos horas dibujando para una entrega imposible y durmiendo sólo cuatro. Al cuarto día, todo te dará igual y el tiempo se habrá detenido para ti. Su efecto dura unas doce horas y salen ojeras, pero claro, ése el precio.

viernes, 30 de abril de 2010

Norte


Hace un tiempo me compré un libro del inspector Wallander. Me pareció un poco soso, para ser policíaca y de asesinatos. Más que soso... me pareció casi aburrido y a veces deprimente. No comprendía a ese inspector lleno de dudas, de reservas, casi de miedos. En comparación con los "polis" y los "espías" de otras novelas o de otras pelis, éste me parecía frágil, sensible, quizá demasiado sensible. Lo dejé por la mitad y debe estar guardado en algún lugar.
Hace poco descubrí que han hecho una serie (por suerte de la BBC) y que cada capítulo de la serie es uno de los libros de Mankell. El actor, Kenneth Branagh es Wallander y la serie es... buenísima. Me gustan los paisajes, me gusta la soledad de esos paisajes, las casas llenas de madera, cálidas y los campos y los mares fríos e inmensos. Me gusta ese sitio.
Hubo un tiempo en el que pensé que me gustaría vivir en el norte de Europa, más concretamente en Noruega (en fín...) y salvo por el idioma, creo que me podría haber ido bien.
No sé, supongo que hay una tristeza (no necesariamente mala) indefinida que tiene algo que ver conmigo. Dejo esto aquí, quizá un día lo continue...

viernes, 12 de marzo de 2010

Daños colaterales


Estoy sufriendo alguna clase de disociación social. A ver! que levante la mano quien esté de acuerdo conmigo... vale, lo explico un poco más.
Al principio esto de la crisis era más un estado mental que algo que repercutiera directamente (por lo menos a mí) en las diminutas escalas monetarias de "la masa trabajadora". Luego vinieron hipotecas y bancos y la construcción se fue al garete. Luego los despachos de arquitectura, donde empezaron a producirse dramáticos recortes de personal y falsos autónomos (que este mundillo está lleno de ellos). A partir de ahí, donde sólo sobrevivieron los más fuertes o los que contaban con un rancio respaldo económico (sí, sí, aquellos que se mantenían con los dineros de papá arquitecto/ingeniero o notario), así es que se fue cerrando el cerco y ganando agujeros inexistentes para el cinturón. Es decir, no sólo se hicieron recortes si no que se empezaron a cambiar las formas. Renació la opresión, el estrés (el de verdad) y vino a relucir el tiranismo sin límites. El resultado es un "estado de la cuestión" muy similar al de la ley "Patriótica", recorte de lo que nos hace humanos y nos convierte en máquinas, en pro de la Empresa o Nación (que a estas alturas lo mismo da). Los que apuntaban maneras tiránicas florecieron como Nerones o Calígulas de tres al cuarto y se hizo célebre la frase de: "si no te gusta, te puedes ir" (como si a uno se lo tuvieran que decir). Así que aquí estamos. Te grito, te humillo, tienes que trabajar más horas (sin cobrar, no seas mezquino y no sabotees mi Empresa), tienes que hacerlo "bien" (o sea a la manera del dictador), esto es una mierda (o sea, "hazlo como-en-mi-visión-de-tres-segundos-de-ayer-a-las-cuatro-de-la-mañana, que no te enteras, mierda que eres un mierda"), esto tenía que estar hecho desde hace tres semanas y hay que entregarlo hoy (pero no te lo he dicho ni te he dado la información por que eres un mierda) y para finalizar "al final tengo que hacerlo todo yo" (o sea, cuando miro tu trabajo, no es exactamente como en-la-visión-de-tres-segundos-de-ayer-a-las-cuatro-de-la mañana y lo envía al cliente con su mail y firma).

Ése es el estado. Nada es suficiente, nada está bien (no importa la dedicación, medios y sudor) y siempre estás en deuda. A uno le torturan en pro de un bien mayor, a saber: la Empresa de otro. No importa que ese otro esté forrado, tenga propiedades y casas para vivir cada día en una distinta. No importa que tenga el ultimísimo coche-tanque que salga al mercado, o se vaya de vacaciones a cualquier paraíso donde jamás podrás ir (por que también decide tus vacaciones y en esas fechas no hay quien viaje barato). Ni siquiera importa que para comer vaya al mejor restaurante o que (en un alarde de bajeza) coma en el despacho canapés y bocadillos traídos expresamente de la repostería más cara, mientras se queja del olor a comida rancia y de tupper que sus empleados mastican en un rincón, haciendo cola para el microondas. Nada importa.

Cuando al fin escapas, cuando sales a la calle (con suerte no es de noche) y te subes al metro a reunirte con "la masa", oyes las grabaciones de un señor que dice "cede los asientos" o "protege lo tuyo, el carterista te vigila" y sólo te dan ganas de reventar, a ti mismo, al primero que te pise o a la puta grabación que también te dice que tienes que hacer para ser cívico.

Sí, la conclusión es que me estoy psicopatizando. Odio la situación, odio a la puta empresa, odio el puto sueldo que paga el alquiler desequilibrado, odio los tuppers, odio a la gente tan pisoteada como yo, odio a los que tienen lo que quieren y no lo que se merecen y por último, me empiezo a odiar a mi. Es un mal camino, pero por ahora no hay otro.

A ver!, que levante la mano el que esté de acuerdo conmigo. Sí, los psicópatas también, gracias.

viernes, 5 de marzo de 2010

Pínteme usted un ojo, aquí en la frente.


Creo que todo empezó con El Secreto. Yo, la verdad, que poco caso le hacía. Me parecía que un libro que se vende como rosquillas y se convierte en bestseller con una portada tan ñoña, debía ser de lo más tontón que se podía leer. Luego vinieron charlas de sobremesa con Lopack, los milagros de la física cuántica y la adquisición de poderes Jedi. Aquí, ya estaba un poco perdido, aunque algo se quedaba rebotando en la cabeza. Tras eso, vino el Kybalion (primero comentado en LRV y luego comprado en mercadillo) y empezaron a abrirse puertas y posibilidades. Por último y para enredarlo más, apareció Dan Brown (sí, lo sé... lo sé...) y sus historias sobre ciencias noéticas (que nombre tan atractivo) y mezclas entre mística, filosofía, religión, física, masones y todo lo que el pobre hombre pudo meter. A estas alturas yo ya estaba hecho un ovillo (un lío gordo, vamos), así que invoqué a mi buen amigo el oráculo J. que me recomendó "cuestiones cuánticas" y me advirtió de los peligros de las informaciones sesgadas... sin tener en cuenta que no sé lo suficiente para saber qué es sesgado y qué no...
A ver... por ahora casi ni parpadeo, sólo leo y absorbo. Entre medio se ha cruzado "the fourth kind" con una teoría sobre dioses-extraterrestres-interdimensionales; y ahora "los hombres que miraban fijamente a las cabras" y ... bueno, no sé todavía cómo diablos se relaciona todo esto, si es que se tiene que relacionar. Tengo la sospecha de que sí. Tengo la sospecha de que somos capaces de más, de que creer transforma nuestra realidad. Somos dioses capaces de crear nuestra propia creencia.
Por ahora, sólo puedo decir que soy indeterminista y causalidiano y que, sobretodo, por todo lo expuesto... tengo unas ganas locas de CREÆR.
Soy carne de cañón para las sectas...

lunes, 1 de marzo de 2010

Agentes dobles


Cuentan por ahí que existen espacios (habitáculos) discretos (más bien secretos) donde las paradojas no lo son tanto y donde se reconcilian realidad y ficción. La amplitud de miras, el plano general y el zoom inverso (contrazoom?) hacen posible este pequeño milagro. Resulta que hay una peluquería, de las caras, donde además de lo propio también se ofrecen otros servicios. No me estoy refiriendo a las peluquerías chinas de final feliz, no. Ésta es una peluquería donde a uno le sirven cafés con leche y croissants mientras espera. Donde a uno le hacen la manicura si se descuida y si lee con demasiado atención el "Hola", "Lecturas" o el "Muy interesante" (no me parece que vayan a haber "Interviús"), se puede encontrar con las uñas pintadas y tapaporos con doble capa de minio (para evitar la oxidación). Una cosa espectacular, vamos.
Si uno se pone a investigar en este rincón del hedonismo, puede incluso localizar el pequeño ascensor que de manera "totalmente confidencial" le lleva a otra planta donde se realizan cualesquiera de las alquimias corporales que uno pueda imaginar, incluso las más obscenas y pervertidas tales como baños y masajes de chocolate. Todo esto, claro está, se ofrece por que uno lo paga, con dinero o con horas de trabajo infame, que lo mismo es. Lo extraordinario, el secreto que oculta y que deja boquiabierto, no es el onanismo sin culpas que ofrece. El secreto se esconde en un pequeño cuarto al fondo de la sala de corte, junto a los lavabos... En ese cuarto se arreglan, peinan y lavan pelucas, con sus dueños dentro (quizá ahí si hayan "Interviús". La persona que por uno u otro motivo ha decidido sentirse culpable y parecerse a algo que no es o que fue y que por ello se esconde, tiene su lugar aquí.
Las pelucas tienen algo raro que no logro identificar. Quizá es que como animales sociales aceptamos y tal vez compadecemos una pierna de plástico o un brazo mecánico por su innegable utilidad. Dejan de ser accesorios y se convierten en herramientas. Sin embargo, cuando se trata de una peluca me confundo. Las pelucas mueven un poco a la risa y hacen sospechoso a quien las lleva. Tal vez es por que es una antigua forma de ser quien uno no es o quizá es que estamos acostumbrados al gag de las películas donde al malo le quitan la peluca y lo dejan "desnudo", frágil, avergonzado por ser descubierto en su intimidad.
A ese cuarto, al que me estaba refiriendo, llegan calvos y calvas y se esconden, se ocultan de los demás y de sí mismos y esperan a que limpien, laven, atusen y moldeen su pelo de mentira. Dos horas sentados, solos, con su accesorio que reposa en una cabeza de plástico. Puede parecer surrealista pero lo más sorprendente es que si no quieren esperar le prestan un pelo de repuesto y con ese pelo salen y se pasean y se convierten en otras personas (agentes dobles) como aquel personaje de Millás que tenía un bigote postizo. La verdad es que somos peculiares, tan complicados y complejos que uno se sorprende de estar en el peldaño más alto de la cadena alimentaria. A veces uno siente que bastaría un soplido para derribarnos. Como decía Juan Antonio Cebrián, con media sonrisa,... estamos abocados a la extinción.