miércoles, 1 de julio de 2009

Reflexiones porosas


Cuenta la historia que al joven Guillermo le daban para comer guisantes todos los días. Al joven Guillermo no le gustaban. Los odiaba. Un día, su madre (por que haberla húbola, aunque en esta casa se desconozca su nombre) llevó al joven Guillermo al mercado y apiadada de su pobre niño le compro un par de onzas de salmón, tres celemines de salmonete y cuarto y mitad de navajuelas. El joven Guillermo degustó todo de buena gana y concretó que lo que le pirraban eran las navajuelas. En Ockham, que resultó ser su pueblo natal, todo el mundo se enteró y se regocijó con tan buena nueva, que liberaba al joven Guillermo de Ockham de una muerte por inanición a la vez que se revelaba un principio filosófico tan grande como un templo. Las Navajuelas de Ockham: "Si a Guillermo no le gustan los guisantes, antes de que se muera de asco o de hambre, dale navajuelas y déjate de estupideces."
Este principio universal (que no puede aplicarse a todos los campos del conocimiento por no revelar la verdad, si no lo más probable por sencillo) me lo he venido pasando por el forro durante mucho tiempo. Ya me lo decía mi madre "tu es que te comes mucho el coco y te ahogas en un vaso de agua". Cierto.
A Dios no hacía falta matarle por que a Dios, no hay (bonita redundancia) Dios que le entienda. Tal vez es que no habla nuestro idioma o tal vez es que no existe, o tal vez es que no le entendemos como queremos entenderle. Se sospecha que existe, por que lo creamos a menudo. Miramos alrededor, no vemos nada y al primer tipo (o animal, vegetal, mineral o cosa) que pasa con aire de saber más (gesto sagaz provocado o involuntario) le llamamos Dios. Brian sabía que la gente cree en lo que quiere creer, cuando en lugar de escuchar sus palabras de amor universal, adoraban a su sandalia. Dios, la autoridad, venga de donde venga. "Eso que ponemos ahí" "el del plan secreto" "El orden". Dios tiene muchos nombres, tantos como ganas tenemos de crearlo. Los más discretos le llaman "suerte" los más simples "destino". Nietzsche le mató y Freud le llamó papá, en tiempos de crisis se le llama Jefe y Mark Twain proclamó a los hombres como los dioses de los perros (aunque estoy seguro de que habrá habido alguna cultura que haya deificado a los perros). ¿Y si no hay "plan secreto"? ¿Y si no hay que poner "algo ahí"? ¿Y si el orden cambia constantemente? ¿Y si en lugar de mirar y no ver nada, aceptamos (de una puñetera y santa vez) que no hay luz o que somos ciegos?

El joven Guillermo tenía una respuesta. Si hay navajuelas, ¿para qué voy a comer guisantes?
(es decir), ¿por qué crear una idea tan compleja e incomprensible como Dios, si luego no la entiendo?
Pues eso... que te comes mucho el coco y te ahogas en un vaso de agua. Con lo ricas que están las navajuelas...

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